La ciudad ya no me piensa
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Cuando cumplí siete años mi mamá quiso dejar de salir a la calle conmigo. Alegaba lo
difícil que era llegar a cualquier lado si yo también iba.
En el metro, ella recibía reclamos por la forma en la que yo fijaba la mirada en los
personajes fascinantes que entraban y salían del vagón. En el camión, yo iba tan
atenta del paisaje, que perdíamos nuestra parada casi todos los días. En la bicicleta,
comenzaba a recitar mis problemas hasta que lograba encontrarles una solución que
me convenciera. Pero su peor pesadilla, era caminar acompañada de mí. Era ahí donde
las preguntas fluían: ¿por qué ese hombre carga una caja? ¿Qué es eso que está tirado?
¿Por qué está escrito “justicia” en las paredes? ¿Quién es toda esa gente a la que buscan?
Decidió comprar un coche.
Mi cuerpo se acostumbró a dormirse después de escuchar el “click” del cinturón.
Desaparecieron entonces las personas que me intrigaban, empecé a desconocer el barrio
en el que crecí; mis problemas se quedaron sin soluciones razonables. Las preguntas
nunca más volvieron a surgir.
Entonces entendí: la ciudad había dejado de pensarme a mí. Y yo, también a ella.
Emilia Díaz Corona Centeno
- Estudiante | 25 años | Guadalajara, México
- Ilustrado por Julia Azcárate | @azcarateju