Donde hay tejones
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Es doloroso inhalar el oeste humeante, tan cerca de Jalisco, cubierto por las ruinas
custodiadas de piedras con los túneles de tiniebla oscura en silla de ruedas basculante
por la poliomielitis. La frialdad de la muerte de mi abuela, quien dejó de pagar su
tratamiento contra el cáncer de médula, para mi educación, fue como ver las vísceras
de los tejones en el portal de las minas que dan misterio a los prístinos campos de
lavanda. El mezquite dio sombra al alféizar para matar la metamorfosis de los jazmines.
No sabía qué especie de planta era hasta que se me fue dicho en alguna ocasión, era
cruelmente natural, y me resigné para decirle a las brasas del sol que no quemaran mis
manos con las que movía los aros para andar en los estrechos coloniales. Los trepadores
perfumados vivían para alimentarse del cuerpo del tejón y los túneles dejaban de ser
penumbra, cuando me incorporaba en el salón saturado de niños que musitaban en
la lengua del noroeste de Guanajuato.
. Dije: “hantʼo xana, hantʼo kipitsi, häxo tcha ri ri
daʼtata”. Todos dieron traducción a lo que vociferé: “Donde vayan, donde vivan, hablen
su lengua materna”.
Gabriel López Carpio
- Escritor | 22 años | Aragua, Venezuela
- Ilustrado por Anaeli Arredondo | @sakusart