5:09 p.m.
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Me siento aturdida. Dentro de su camioneta, grita que me mueva. Toma el volante de
nuevo y voltea ansioso a su derecha; obedeciendo la señal de siga, el flujo de autos
se aproxima hacia él y hace sonar el claxon. Se pasó el alto. Miro hacia el semáforo y
lo confirmo: ¡se pasó el alto! Frenó en seco a menos de un metro de mí. La altura del
cofre de su camioneta azul es del mismo tamaño que mi ser (sobre mi bicicleta). Una
corriente fría me recorre; mientras pienso en lo que estuvo a punto de ocurrir, en los
siniestros de tránsito que han ocurrido durante los últimos meses en este cruce: Av.
Abedules y Jesús D. Rojas. Pienso en Galeano:
¿En qué se diferencia la violencia que mata por motor de la que mata por
cuchillo o bala?
Siento un mar de emociones en el estómago. Le grito que se pasó el alto, pero no
escucha. Parece que la coraza, dentro de la cual se refugia, lo separa de la realidad: es el
reflejo de una ciudad donde los autos mandan, o al menos, actúan como si mandaran.
Ana Paulina Ocampo Caballero
- Ing. Ambiental | 31 años | Zapopan, México
- Ilustrado por Sergio Velázquez | @checovix